HOMERO MANZI: POESIA Y ALGO MAS
Por Juan Carlos Jara
El crítico Eduardo Romano afirmó alguna vez y lo dejó escrito (“Cuadernos de Poesía” Nº 1, 1965) que Homero Manzi había sido el mejor poeta de los años ‘40. Romano no hacia diferencia entre poetas cultos y poetas populares, por lo tanto ubicaba a Manzi por encima de todos los autores de su generación: Vicente Barbieri, César Rosales, Jorge Enrique Ramponi, Juan Rodolfo Wilcock y tantos otros.
Más allá de que la aserción del autor de “Sobre poesía popular argentina”, como todo en esta vida puede resultar opinable, lo que nos interesa destacar aquí es que si un prestigioso crítico como él hace una aseveración tan rotunda es porque la obra de Manzi tiene –por lo menos- valores suficientes como para parangonarse sin desdoro alguno con la producción de los poetas más destacados del período en que le tocó desenvolverse. Sea como fuere, pocos poemas de aquélla o cualquier otra época, puede resistir la comparación con letras de Manzi como las de los tangos “Sur”, “Che bandoneón”, “El último organito”, “Ninguna” o “Discepolín”. En esa posibilidad de creación de una poesía nacional y popular de primer nivel (tarea en la que estuvo acompañado por Discépolo, Cátulo, Celedonio Flores y Atahualpa Yupanqui, entre muchos otros) radica a nuestro juicio la importancia política de la obra de Manzi, un creador que antes que “ser hombre de letras” prefirió la opción más incómoda de “hacer letras para los hombres”.
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“Añatuya es un lugar
que jamás podré olvidar,
porque al fin
es Aña mía…”.
Así recordaba su pago natal Homero Manzi, nacido –como Homero Nicolás Manzione- en una estancia de esa localidad del sudeste santiagueño, el 1º de noviembre de 1907. De sus primeros años en aquella zona rural guardaría siempre vívidos recuerdos, volcados luego en cuentos, guiones cinematográficos, discursos políticos y no pocas letras de canciones.
Hacia los días del Centenario su familia se radicó en Buenos Aires, en el barrio de Boedo, que no era barrio todavía, y allí el joven Homero frecuentó la amistad de otros adolescentes como él: Sebastián Piana, Cátulo Castillo, Pedro Maffia, quienes muy pronto iban a engrandecer con su obra la historia del tango y de la cultura nacional. Fueron los años de aprendizaje en el colegio Luppi de Centenera y Esquíu y, sobre todo, en las calles y cafés de Boedo y Nueva Pompeya, donde ejercía su magisterio ejemplar don José González Castillo, maestro de Manzi y de los anteriormente nombrados.
Pero la vocación poética del joven santiagueño venía de lejos. Sus primeros versos que se recuerdan datan de su infancia, cuando era integrante de una murga de carnaval. Las murgas son (o eran), como se sabe, las revistas literarias donde se daban a conocer los poetas populares. Así cantaba el pichón de poeta:
“Con el cuento de la guerra
se nos llevan todo el grano
y nosotros, los criollos,
con la paja se contentamos”.
Esto nos ubica en la época: años de la primera guerra imperialista, del sacudimiento histórico de la revolución bolchevique, de la revolución mexicana y a nivel doméstico de la ascensión al gobierno de don Hipólito Yrigoyen, el gran ídolo político de Manzi durante toda su vida. Aquel de quien dijo en 1935: “era el jefe porque era el mejor. Era el mejor porque era el más íntegro. Y era el más íntegro porque acunaba en el fondo de su noble conciencia, un pensamiento superior de argentinidad y un impulso insobornable de justicia social.”
Esa conciencia, ese pensamiento y ese impulso dominaron también por entero el espíritu de Homero Manzi. No es cierto lo que apunta Luis Alposta en un desafortunado prólogo a la obra de Manzi (“Poemas, Prosas y Cuentos cortos”, Corregidor, 1997) en el sentido de que “la política y el cine fueron dos de sus grandes pasiones”. La política fue su pasión, más aún, su razón de ser; desde su adolescente militancia en el radicalismo de Yrigoyen hasta su presencia en FORJA y su apoyo final a la revolución nacional peronista. Recordaba Cátulo Castillo que su admiración por Homero había nacido antes que por sus dotes poéticas por su capacidad como orador político. “Hablaba del radicalismo, de Yrigoyen –dice Cátulo-, con un fervor increíble”. Y era sólo un adolescente.
Después, las circunstancias de la vida y del acontecer político argentino llevarán a Homero por el rumbo de la canción y de la noche porteña, pero si no pudo ser un hombre “de gestión” –como ahora se dice- supo cultivar su ministerio político, con brillo singular, a través de la poesía, el cine y el arte popular en general. “Homero Manzi cantó en el tango la poesía de la clase humilde –dijo con acierto John William Cooke-. Entre él y el país que tanto amó queda tendido el puente de sus poemas, que han de batallar con el tiempo su prevención y su olvido”. En todo caso, el cine, la poesía, el periodismo, la radio sirvieron a Manzi para desarrollar, en el ámbito de la cultura, sus ideas políticas, ligadas siempre a lo nacional y a lo auténticamente popular. Remito al lector interesado a textos de Manzi como “Lo popular”, “Un libro criollo (Jauretche y Borges)” o su conferencia de 1940 “Tarde santiagueña”. En ellos se puede advertir claramente (por si su obra poética y ficcional no bastaran) que nada se hallaba más lejos del pensamiento de Manzi que esta caracterización que hace el Dr. Alposta en su prólogo citado: “los poetas son criaturas, lo que es más que ser hombres, pues nos ponen en contacto con la creación. Ser poeta es ser shusheta por dentro”. ¿Manzi “shusheta por dentro”? ¿Él que, como dice Jauretche, “arrojando por la ventana la gloria que deslumbra a los que buscan la consagración literaria”, prefirió a ser hombre de letras, hacer letras para los hombres? ¿Él que durante toda su vida batalló contra lo que llamaba “una civilización literaturizada, alejada del calor y de la vitalidad popular”? ¿Él que admiraba en González Castillo “ese ángulo de estética criolla” aprendido en “la adolescente amistad con las guitarras” y en “las plataformas abigarradas de los tranvías que atravesaban el ocaso”?
Manzi advino al mundo de la creación poética cuando aún predominaba el movimiento modernista de Rubén Darío (éste sí “shusheta por dentro”) que cubrió con suntuosos decorados versallescos su afán evasivo de la ruda realidad latinoamericana. El joven Homero bebió también inevitablemente de esa fuente (sobre todo en sus mejores veneros de renovación literaria) pero más lo hizo en el charquito suburbano al que iban a beber “agua de luna” los perros que cantó Evaristo Carriego (el de “La canción del barrio”), un poco menos en la poesía vibrante y lacerada de Almafuerte, y mucho más en el canto humilde de los payadores, que eran los poetas populares de la época: Betinoti, Gabino, Curlando, los anarcos Martín Castro y Luis Acosta García.
Con todas estas influencias, más la insoslayable del viejo González Castillo – a quien Edmundo Montagne llamaba “el Paul Verlaine del suburbio”- Manzi va a hacer sus primeras armas en la canción popular, vacilando entre la poesía lunfardesca y la cultivada por los poetas literarios de la época. Por ejemplo en “Triste Paica” (de fines de los años 20), describe con puntillosidad de sainetero:
“Un patio de conventillo bajo la parra fulera
y una viola dominguera que esgunfia con su estribillo;
un compadre estilizado,
salido de los versos de Carlos de la Púa,
y un lunfardo remanyado
bacán de la ganzúa por pura vocación”.
Toda esta década, digamos entre el veintiséis y el treinta y tantos, serán años de búsqueda, de experimentación. Por ejemplo en el tango “Manicomio”, poco conocido, va a brindar testimonio a la manera discepoliana:
“Manicomio,
Valen menos los terneros
Se derrumban los ganados
Pero suben el puchero
Los puesteros del mercado.
Manicomio
En el Chaco dan abrigos
Y en el polo no los dan
En la chacra sobra el trigo
Y en la mesa falta el pan”.
Pero su primer tango de éxito, puesto bajo la advocación de Evaristo Carriego, será “Viejo ciego”, recargado de literatura, aunque ya en el camino de sus mejores realizaciones:
“Con un lazarillo llegás por las noches,
trayendo las quejas del viejo violín
y en medio del humo parece un fantoche
tu rara silueta de flaco rocín.
Puntual parroquiano, tan viejo y tan ciego,
al ir destrenzando tu vieja canción
ponés en las almas recuerdos añejos
y un poco de pena mezclás al alcohol”.
Estamos en 1926 y Manzi tiene 19 años y su sueño es ser abogado y dirigente político. Pero todo esto se verá frustrado con la revolución del ‘30 que, de algún modo, lo lanzará de lleno a la liza de la canción popular. Ya desde entonces se hace amigo de Jauretche. Durante los dos años del segundo gobierno de Yrigoyen, había conseguido un par de cátedras de Literatura en escuelas medias y producida la revolución es cesanteado. También se le impide el acceso a la Facultad, por su notoria militancia “peludista”. En el ‘31 cae preso y al salir de la cárcel, a fines de ese año, se casa con Casilda Iñiguez, edita una guía para el automóvil y conspira, conspira a toda hora contra el gobierno de facto. Participa del frustrado golpe del teniente coronel Cattáneo en 1931 y se solidariza con el levantamiento de Corrientes y Santa Fe en el ‘32 (ése que inmortaliza Jauretche en su poema gauchesco “El Paso de los Libres”). Recuerda el propio Jauretche que preparaban bombas caseras en la casa de Manzi - una suerte de comité clandestino-, guardando la pólvora en las macetas del patio.
En 1933 muere Yrigoyen, se firma el nefasto tratado Roca – Runciman y el alvearismo levanta la abstención, plegándose al régimen como oposición “moderada”. Ese mismo año nace su hijo Homero Luis, “Acho”. Manzi milita entre los radicales fuertes, abstencionistas. Son todavía los tiempos de lucha contra el régimen fraudulento de Justo, cuando aún se creía en una regeneración del radicalismo, representado intelectualmente por hombres como José Bianco, Alcides Greca, José Gabriel, Ricardo Rojas y el propio Manzi, asiduo lector de “La restauración nacionalista”, de los libros de Manuel Ugarte, de las biografías históricas de Gálvez. En 1935, año de la muerte de Gardel, junto a Jauretche, Dellepiane, Gutiérrez Diez y otros, funda FORJA, Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, bajo el lema “Somos una Argentina colonial, queremos ser una argentina libre”.
En el ‘39, debido a la guerra habrá una escisión en FORJA. El grupo de Dellepiane, aliadófilo, volvió al radicalismo. Manzi, íntimo de Dellepiane y de Jauretche, sigue en FORJA pero va dejando poco a poco su militancia. “Manzi se nos perdió en el mundo de la noche” dirá don Arturo.
Ya para entonces, además de “Viejo ciego”, ha conseguido éxitos importantes con varias milongas, empezando con la “Sentimental”, de 1931: “Varón pa quererte mucho, / varón pa desearte el bien, / varón pa olvidar agravios / porque ya te perdoné”, y continuando con la “Milonga del 900”, “Milonga triste” y “Pena mulata”, todas con música de Piana.
Nos ubicamos ya en la década del ‘40 que va a ser la gran década del tango y también de Manzi como, tal vez, su máximo poeta. En el ‘42 se une por primera vez a Troilo para darnos una obra maestra: “Barrio de tango”. Esta unión de músico y poeta nos va a ofrecer más tarde: “Che, bandoneón”, “Sur”, “Discepolín”. Con Lucio Demare, fino pianista y hermano de Lucas, el director de cine que filmó varios argumentos de Manzi, escribe “Malena”, “Mañana zarpa un barco”, “Telón”…
También en esos años se vuelca de lleno al cine, primero como argumentista y finalmente como director. Algunas de las obras maestras del cine argentino salen de su pluma: “La guerra gaucha”, “Pampa bárbara”, “Donde mueren las palabras”, “El último payador”. Pero nunca abandonará del todo la política.
En el ‘46 colabora, un poco a desgano, con el radicalismo de la Provincia de Buenos Aires. Su corazón sigue al lado del viejo yrigoyenismo pero ya ve que su restauración es imposible. En 1947 se entrevista con Perón y por eso es expulsado del partido. Entonces pronuncia un discurso famoso “Tablas de sangre en el radicalismo”, donde afirma que Perón es el continuador de la obra inconclusa de Yrigoyen y en el que estampa aquella famosa frase: “No somos ni oficialistas ni opositores, somos revolucionarios”. También escribe dos milongas para que Hugo del Carril rinda homenaje a Evita y al líder de los trabajadores. Antes de que el cáncer termine abatiéndolo el 3 de mayo del aciago año ’51, escribe “Definiciones para esperar mi muerte”:
“Sé que hay recuerdos que querrán abandonarme
Sólo cuando mi cuerpo hinche un hormiguero sobre la tierra.
Sé que hay lágrimas largamente preparadas para mi ausencia.
Sé que mi nombre resonará en oídos queridos
Con la perfección de una imagen.
Y también sé que a veces dejará de ser un nombre
Y será solo un par de palabras sin sentido”.
Es mucho lo que nos legó Homero Manzi para que esto último pueda suceder alguna vez.
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Carlos Banchero dijo
EL MEJOR AMIGO DE MI PADRE DON ROMULO JULIO BANCHERO (F) QUIEN FUNDO LA PEÑA HOMERO MANZI EN HONOR A EL Y SUS VECINOS TENGO ESCRITOS Y LO FUNDAMENTAL PARA MI AMADO BARRIO Y MIS VECINOS QUE
SUCEDIO CON LAS PEÑAS QUIENES FUERON PORQUE NO SE RECUERDAN PORQUE EL CORREDOR SUR SEQUEDO SIN UN MUSEUO SIN FINES DE LUCRO LA CASA EN CABA DE HOMERO RECUERDO SU PLACA DE BRONCE Y SU PEDIDO JUNTO AL MAESTRO SEBASTIAN PIANA Y UN GRUPO DE VECINOS ALLA POR 1983 FUI TESTIGO DE ESTO Y MUCHO MAS TEXTOS GRABACIONES ETC. NO PERCIBO NINGUN LUCRO ESTO QUE ESCRIBO ES POCO Y ADEMAS NO ME PERTENECE A MI SI AL BARRIO DE BOEDO Y LA CIUDAD TODA PARA MAS DATOS QUEDO A DISPOSICIO ATTE Carlos Banchero hijo.
26 Abril 2009 | 03:44 AM